DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Ya es hora de hacer un viaje muy especial: iremos a las páginas de un libro, uno de los más hermosos que se han escrito en todo el mundo.

Es un libro antiguo, que tiene casi cuatrocientos años. Se llama el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, pero, para abreviar, le decimos el Quijote a secas. Lo escribió don Miguel de Cervantes Saavedra, un español que se hizo casi tan famoso como sus personajes.

Comenzamos por la llanura de la Mancha, en España. A lo lejos viene cabalgando un estrafalario personaje, erguido sobre un caballo flaco y nada brioso...

Tendrá el caballero unos cincuenta años, es alto y seco como un arenque, y su ropa...

¡qué parece! Lleva una armadura vieja, remendada y llena de herrumbre; en la mano, una larga lanza.

A su lado, al paso tranquilo de su asno, va un labrador rechoncho, con cara de bueno y enemigo de meterse en pendencias.

Nos acercamos a un campesino y preguntamos:

  • ¿Quiénes son esos dos?
  • ¿Cómo, no los conocen? El alto y flaco es don Quijote de la Mancha, un hidalgo pobretón, que después de leer cientos de novelas sobre los caballeros andantes, decidió convertirse él mismo en uno de ellos.
  • ¿Esas novelas con héroes que se iban por el mundo a liberar princesas cautivas y a proteger a los débiles y que tenían que vérselas con magos poderosos?
  • Sí, sí, las mismas. Así salió él por los campos a "desfacer entuertos", a defender causas justas...
  • ¿Fue por tanto leer aventuras? ¿No estará un poquito loco?
  • Quizás, así dicen... Lo que sé es que uno se ríe mucho con sus aventuras.
  • ¿Y el que acompaña a don Quijote, el gordito?
  • Es Sancho Panza, su escudero. Lo acompaña siempre y lo cuida. Si las cosas les van bien, don

Quijote le tiene prometida una ínsula, que Sancho gobernará. Un caballero andante no puede andar sin escudero, eso lo sabía don Quijote. También sabía que necesitaba un caballo con un nombre bien sonoro y pomposo; por eso al rocín flaco lo llamó Rocinante. ¡Ah! Y también se buscó una dama a quien ofrecerle sus hazañas. Eligió a una campesina de nombre bastante feo: Aldonza Lorenzo. Pero él le puso un dulce nombre: Dulcinea del Toboso.

  • En esta época, la de don Quijote, ya no hay caballeros andantes – pensamos nosotros, y repetimos -: De veras... ¿no estará un poquito loco?
  • Esté como esté, ¡sigan ustedes viaje! – dice el campesino -. ¡Y diviértanse! Ya verán cómo van a querer y a admirar a don Quijote y a Sancho. ¿Y saben por qué? Porque son dos figuras muy grandes, tan grandes, que encierran todos los sueños de los hombres, sus sufrimientos, sus deseos de justicia y de defender cosas buenas. También sus fracasos y locuras... ¡que de locos todos tenemos, por lo menos un poco!

En la primera estación de nuestro viaje vemos que don Quijote y Sancho cabalgan hacia unos molinos de viento. Y ya dice don Quijote: - La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desearlo. ¿Ves, Sancho, esos treinta o más desaforados gigantes?

  • ¿Qué gigantes, vuestra merced?
  • Calla, Sancho. Allá voy a dar fiera y desigual batalla a esos gigantes que hay allí, de brazos de casi dos leguas de largo.
  • Pero ésos no son gigantes: ¡son molinos! ¡Y los que parecen brazos, son las aspas!

Mejor pongámonos a la vera del camino: ¡don Quijote arremete con la lanza en ristre!

  • Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.

Las aspas se mueven con el viento y don Quijote les tira lanzazos. Pero las aspas, al girar, lo hieren a él sin cuento.

  • ¡Ay, Sancho, que voy malherido! Esos gigantes ya me las han de pagar...
  • Pero, señor, no insista, si sólo son molinos...

- Calla, Sancho, que tu no sabes cómo son esos magos, capaces de transformarlo todo y hacerte creer eso que dices...

  • Bueno, déjelos ya, que está muy dolido. Levántese y vámonos, que "el retirarse no es huir".

Y parten los dos, y nosotros con ellos.

Saltemos algunas de las estaciones del viaje, que como es por un libro se llaman capítulos. Por el camino viene un carretero y una gran jaula.

  • ¿A dónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste? – pregunta don Quijote.
  • Este carro es mío y lo que va en él son dos fieros leones enjaulados. Un regalo que envían al rey.
  • ¿Y son grandes los leones? – pregunta don Quijote.

- Tan grandes – responde el hombre que va a la puerta del carro -, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás. Yo soy el leonero, y he pasado otros; pero como éstos ninguno.

- ¿Leoncitos a mí? ¿Y a tales horas? – clama don Quijote -. ¡Pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! ¡Abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera!

El carretero se extraña y Sancho no sabe qué hacer para que su amo abandone la idea.

  • ¡Señor, por Dios! – ruega Sancho -. Haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con esos leones; que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.

Pero no hay manera de convencer al caballero.

  • ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís las jaulas, con esta lanza os he de coser con el carro! – grita don Quijote.

  • Mire, señor – advierte Sancho -, que aquí no hay encantamiento ni cosa parecida; que yo he visto entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de león verdadero y por tal uña pienso que el león a quien pertenece es mayor que una montaña.
  • El miedo te la hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame.

Y el pobre Sancho, llorando, con las demás personas que allí había y todos nosotros, nos apartamos llenos de miedo.

¡El leonero abre de par en par la jaula!

El león se revuelve, se despereza, tiende una garra, saca la cabeza fuera y mira a todas partes con los ojos hechos brasas. ¡Que espanto!

Y don Quijote ahí, a pe firme, sin su Rocinante, enfrentándolo como un valiente, deseando que salte ya del carro y venga con él a las manos, entre las cuales piensa hacerlo pedazos.

Pero el león... ¡da media vuelta y se vuelve a echar a la jaula!

  • ¡Vamos, irritadle! ¡Que salga fuera! – grita don Quijote.
  • ¡Ah, no – dice el leonero -, porque si yo lo instigo, el primero a quien hará pedazos será a mí! Conténtese con el hecho, pues yo le aseguro que nadie podrá dudar de su valentía.

Y cerró la jaula.

No podemos creer que el león no se hubiera atrevido a luchar con don Quijote, pero la verdad es que no salió de la jaula. El valeroso caballero andante, desde hoy y en recuero de su hazaña, se llamará a sí mismo el Caballero de los Leones.

A don Quijote le ocurría lo mismo que a nosotros cuando vemos una película o una función de títeres: queremos y alentamos a nuestro héroe tanto como odiamos a quienes lo persiguen o le hacen daño.

Cuando él asistía a una función, se entusiasmaba muchísimo y, además... intervenía.

Sigamos sus andanzas en este capítulo.

Estamos en una venta, o una posada. Acaba de llegar Maese Pedro, un famoso titiritero que tiene un parche en un ojo y posee un mono adivino.

Maese Pedro ha armado su teatrito y comienza la función. Don Quijote, embelesado, no pierde una palabra. Escuchemos al titiritero que relata lo que ocurre en escena:

  • La pobrecita Melisendra está en una torre, prisionera de los moros. Don Gaiferos, su marido, ya se ha cansado de buscarla, y mientras la bella Melisendra llora, él juega a las damas en su castillo. Hasta que el padre de la señora, tras unos buenos bastonazos lo obliga a salir en su busca... Don Gaiferos toma su caballo y no para hasta llegar a la torre... Melisendra se asoma a la ventana.

"No llores, pobrecita, que aquí está tu esposo", le dice don Gaiferos. Ni lerda ni perezosa, la señora se desliza por un cordel hasta llegar al lomo del caballo... Y los dos huyen a todo galope.

Don Quijote siente un gran alivio.

  • ¡Pero los moros han descubierto la huida! – sigue diciendo el titiritero -. Salen furiosos tras ellos... ¡Oh! ¡Huid rápido, valientes!

¡Oh, parece que los alcanzan! ¡Oh, los atrapan!

Aquí se levanta don Quijote y, para evitar que los atrapen, desenvaina su espada y empieza a repartir cuchilladas y a descabezar a los moros.

  • ¡Deténgase, por favor, que no son verdaderos moros, sino títeres! – grita desesperado Maese Pedro.

Pero don Quijote continúa con su lluvia de cuchilladas, mandobles, tajos y reveses; después de destrozarlo todo, dice por fin:

  • Quisiera yo tener aquí delante a todos aquellos que no creen de cuánto provecho son en el mundo los caballeros andantes. Si no hubiera estado yo aquí, ¿qué hubiera sido del pobre don Gaiferos y de la bella Melisendra?

¡Seguramente la habrían vuelto a capturar los moros!

  • ¡Oh, señor don Quijote, me ha destrozado el teatro!... Y con el susto, el que se ha escapado es mi mono, no los moros.
  • Tenéis razón, amigo. Voy a pagaros por los daños que hice, - contesta don Quijote -.

Ahora creo lo que otras muchas veces he creído: que esos magos y encantadores que me persiguen, no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y después me las cambian como ellos quieren.

El caballero pagó a Maese Pedro. Y todos comprobaron una vez más que, cuando él sentía que debía defender una causa buena, no se detenía, por muy difícil y peligrosa que fuese. Ah, y también volvió el mono.

Pero nosotros nos vamos. Aunque no terminamos nuestro viaje... porque es largo: un libro-viaje con muchas estaciones-capítulos.

Lo que nos falta recorrer, lo dejamos para más adelante, cuando deseemos seguir soñando con un hombre bueno, como este don Quijote. Entonces gozaremos con el libro completo, tal como lo escribió Cervantes.