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DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Ya es hora de hacer un viaje muy especial: iremos a las páginas de un libro, uno de los más hermosos que se han escrito en todo el mundo. Es un libro antiguo, que tiene casi cuatrocientos años. Se llama el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, pero, para abreviar, le decimos el Quijote a secas. Lo escribió don Miguel de Cervantes Saavedra, un español que se hizo casi tan famoso como sus personajes. Comenzamos por la llanura de la Mancha, en España. A lo lejos viene cabalgando un estrafalario personaje, erguido sobre un caballo flaco y nada brioso... Tendrá el caballero unos cincuenta años, es alto y seco como un arenque, y su ropa... ¡qué parece! Lleva una armadura vieja, remendada y llena de herrumbre; en la mano, una larga lanza. A su lado, al paso tranquilo de su asno, va un labrador rechoncho, con cara de bueno y enemigo de meterse en pendencias. Nos acercamos a un campesino y preguntamos: Quijote le tiene prometida una ínsula, que Sancho gobernará. Un caballero andante no puede andar sin escudero, eso lo sabía don Quijote. También sabía que necesitaba un caballo con un nombre bien sonoro y pomposo; por eso al rocín flaco lo llamó Rocinante. ¡Ah! Y también se buscó una dama a quien ofrecerle sus hazañas. Eligió a una campesina de nombre bastante feo: Aldonza Lorenzo. Pero él le puso un dulce nombre: Dulcinea del Toboso. En la primera estación de nuestro viaje vemos que don Quijote y Sancho cabalgan hacia unos molinos de viento. Y ya dice don Quijote: - La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desearlo. ¿Ves, Sancho, esos treinta o más desaforados gigantes? Mejor pongámonos a la vera del camino: ¡don Quijote arremete con la lanza en ristre! Las aspas se mueven con el viento y don Quijote les tira lanzazos. Pero las aspas, al girar, lo hieren a él sin cuento. - Calla, Sancho, que tu no sabes cómo son esos magos, capaces de transformarlo todo y hacerte creer eso que dices... Y parten los dos, y nosotros con ellos. Saltemos algunas de las estaciones del viaje, que como es por un libro se llaman capítulos. Por el camino viene un carretero y una gran jaula. - Tan grandes – responde el hombre que va a la puerta del carro -, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África a España jamás. Yo soy el leonero, y he pasado otros; pero como éstos ninguno. - ¿Leoncitos a mí? ¿Y a tales horas? – clama don Quijote -. ¡Pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! ¡Abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera! El carretero se extraña y Sancho no sabe qué hacer para que su amo abandone la idea. Pero no hay manera de convencer al caballero. Y el pobre Sancho, llorando, con las demás personas que allí había y todos nosotros, nos apartamos llenos de miedo. ¡El leonero abre de par en par la jaula! El león se revuelve, se despereza, tiende una garra, saca la cabeza fuera y mira a todas partes con los ojos hechos brasas. ¡Que espanto! Y don Quijote ahí, a pe firme, sin su Rocinante, enfrentándolo como un valiente, deseando que salte ya del carro y venga con él a las manos, entre las cuales piensa hacerlo pedazos. Pero el león... ¡da media vuelta y se vuelve a echar a la jaula! Y cerró la jaula. No podemos creer que el león no se hubiera atrevido a luchar con don Quijote, pero la verdad es que no salió de la jaula. El valeroso caballero andante, desde hoy y en recuero de su hazaña, se llamará a sí mismo el Caballero de los Leones. A don Quijote le ocurría lo mismo que a nosotros cuando vemos una película o una función de títeres: queremos y alentamos a nuestro héroe tanto como odiamos a quienes lo persiguen o le hacen daño. Cuando él asistía a una función, se entusiasmaba muchísimo y, además... intervenía. Sigamos sus andanzas en este capítulo. Estamos en una venta, o una posada. Acaba de llegar Maese Pedro, un famoso titiritero que tiene un parche en un ojo y posee un mono adivino. Maese Pedro ha armado su teatrito y comienza la función. Don Quijote, embelesado, no pierde una palabra. Escuchemos al titiritero que relata lo que ocurre en escena: "No llores, pobrecita, que aquí está tu esposo", le dice don Gaiferos. Ni lerda ni perezosa, la señora se desliza por un cordel hasta llegar al lomo del caballo... Y los dos huyen a todo galope. Don Quijote siente un gran alivio. ¡Oh, parece que los alcanzan! ¡Oh, los atrapan! Aquí se levanta don Quijote y, para evitar que los atrapen, desenvaina su espada y empieza a repartir cuchilladas y a descabezar a los moros. Pero don Quijote continúa con su lluvia de cuchilladas, mandobles, tajos y reveses; después de destrozarlo todo, dice por fin: ¡Seguramente la habrían vuelto a capturar los moros! Ahora creo lo que otras muchas veces he creído: que esos magos y encantadores que me persiguen, no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y después me las cambian como ellos quieren. El caballero pagó a Maese Pedro. Y todos comprobaron una vez más que, cuando él sentía que debía defender una causa buena, no se detenía, por muy difícil y peligrosa que fuese. Ah, y también volvió el mono. Pero nosotros nos vamos. Aunque no terminamos nuestro viaje... porque es largo: un libro-viaje con muchas estaciones-capítulos. Lo que nos falta recorrer, lo dejamos para más adelante, cuando deseemos seguir soñando con un hombre bueno, como este don Quijote. Entonces gozaremos con el libro completo, tal como lo escribió Cervantes. |